Más perro, menos humano.

más perro_menos humanoInvierno con hache invisible.  Portal de cajero automático. Cartones por colchón, mantas y soledad hasta el tuétano de la médula espinal. Pastillas y vino barato para dormir mejor. Estaba totalmente arrebujado y mi vidriada mirada, como ya es costumbre, solo despertaba inquina continua hacia todo rostro feliz con el que se cruzaban mis pupilas. El tamiz cerebral estaba roto hacía ya tiempo y había dejado de filtrar las opiniones subjetivas de mi circundante realidad. De momento, la inquina regresiva se iba minando de severa concupiscencia de improperios, al tiempo que azotaba  a  todos y a cada uno de los  oídos que se dilataban en abandonar mis inteligibles palabras.

De rostros felices en seis de enero creía que los conocía a todos. Al niño todosuspenso al que regalaban el último modelo de Smartphone, para gratificar el poco esfuerzo con el que proyectaba su inmaduro futuro. Al comerciante venido a menos que culpaba a los politicastros de turno de arruinarle la vida por facilitar a las grandes superficies su puesta en escena. A la alcaldesa de semiizquierda-progreecologistavecinal, que intentaba vetar el acceso de vehículos contaminantes a la zona céntrica de la urbe, sin jamás preguntar por la contaminación de las baterías eléctricas. Al estresado señor importante de turno, que creía ascender a la cúspide del reconocimiento social  cortando conversaciones humanas del móvil con un luego te llamo. A la jubilada pseudoanalfabeta a la que nunca atendían su petición de pago de recibos no domiciliados desde el mostrador de la desatención al cliente. A la separada Yaiza, quien a base de tropezar reincidentemente en la misma  piedra, creyendo rehacer su vida, se cavaba un pozo sin fondo. Y así podría seguir hasta llegar a trescientos. Pero aquella mañana llegó uno nuevo.

No lo tenía visto del barrio, ni andurriales. Constaté desde el esquinazo de mi cubículo  que aparcó el vehículo en la misma calle, pero mucho más arriba del semáforo. Lejos de las cámaras de seguridad de las tiendas y  de los cajeros. Se caló la gorra y las gafas de sol a la hora del crepúsculo. Iba en chándal y desde la distancia no podría aseverar si se trataba de un hombre o una mujer. Portaba una botella de agua y un perro mil leches que firmaba a pata alzada cada una de las esquinas que encontraba. Luego le dio, al perro, algo blanco de su mano para que lo tomara.

Llegó al cajero. Me hice el dormido. Al no hablar con el perro, ni saludarme al entrar, nunca supe si fue  macho o hembra, el homínido. Hizo ver que metía la tarjeta en el cajero y consultaba algo en la pantalla. Tras  un amago,  lanzó una moneda al suelo y al agacharse para hacer ver que la recogía soltó la correa del perro. Y allí mismo dejó el paquete. Luego oí un portazo, cuando salió.

Dormí. Me despertaron los lametones de unos ojos negros lucientes y saltones.  En su collar un fajo de billetes y una nota entre  la disculpa y  el remordimiento de almendra amarga: “Cuide de él que yo no puedo”.

No gasté en vino de cartón. Tampoco en florituras. Solo pienso y carne enlatada.  Majestad, porque llegó un seis de enero, y yo, comemos de la misma lata de comida para perros. Ahora, pasado un año, por tonto que parezca me veo más blando. La vida me va a mejor. Duermo seguro y en paz, y eso no tiene precio. Nunca supe si aquel día  me visitó un ángel o un cabrón. Pero ya no prejuzgo ni azoro. Las cosas son como son. Orgullo y satisfacción. Más perro, menos humano.

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