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El Beso

Era un invierno tan frío y gélido que hasta los rayos del sol parecían apagarse antes de tocar el suelo.  Era un crepúsculo pintado en un lienzo anaranjado de diciembre. Eran dos cuerpos abrazados en una marquesina de autobús mirando  el cielo y buscando una estrella, en un día a ratos nublado. Era una conversación entre susurros. Entonces, él preguntó:

—Dime qué te preocupa otra vez. Dime qué no te deja  dormir. No calles, dímelo.

Ella respondió lo que llevaba meses ocultándole desde que en otoño le dieron el alta.

—Una tarde, un ladrón de los sentidos se llevó el sabor de los días. Desde entonces no ha parado de visitarme. Perdí el sabor.  El de los días a algodón y rosa. Los días de vino y vinagre. Los de la fruta y las espinas de pescado. Ya no recuerdo a qué saben los suspiros entre los labios. Ni el aire que se colaba en mis pulmones, de tus labios a los míos, destilado, desde mi boca a lo más hondo que hay en mí.  Sé que cada noche el ladrón entra a hurtadillas y me roba mientras duermo. Un día robó los recuerdos de aromas del cielo y de la tierra mojada. Otro, el sabor a tu piel salada. Ahora se está llevando sin permiso los recuerdos del cielo y del fuego. Las partidas y el reencuentro de los días. A veces tengo la sensación de que robará el fin de mis días. Entonces, cuando pienso en ello, enloquezco. ¡¡Me robará el fin de mis días!! ¡¡ Nunca dejaré de estar en un presente insípido!! ¿A quién le gustaría estar presente sin el sabor de la vida?

—Esto no es el fin, ¿sabes? —entonces, él bajó su mascarilla, deslizó la de ella cuello abajo entre sus dedos y sellando sus labios, le quitó sus miedos.

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Una Navidad diferente

Impertérrita, la niña, fruncía fuertemente los labios sin dejar escapar una sola palabra. En aquel momento sus dos soles azules amanecían sobre un mar de pecas y el color rosado de sus mejillas pintaba una pátina de bendita inocencia imposible de arrebatar. Era inocente. No había hecho nada malo.

La cascada pelirroja que  cubría su desordenado flequillo  y el cabello reclinado sobre sus estrechos hombros era  el único color de advertencia que se deslizaba en  la escena. El resto de colores del comedor lo aportaban la luz del día que se colaba desde exterior y las guirnaldas de colores en intermitencias que vestían al único testigo verde del fondo. Por más que su padre se explayara en intentar darle la vuelta para que  explicase los motivos  de por qué lo había hecho, ella, ahora, en aquel momento, mantenía su oídos a un millón de kilómetros, su cerebro a eones de luz y el amor a escasos centímetros del cuerpo de su padre, quien en jarras transmitía, pese a la dulzura que contenían sus palabras, el mensaje inequívoco de no me estoy creyendo nada de lo que me vayas a decir en un minuto. Por lo tanto, ella, resuelta como siembre había sido desde que vino al mundo, optó por seguir a su instinto: primero lo negaría todo, luego aguantaría en modo avión la perorata de los mayores y por último cerraría el momento con un:—Lo siento, no sé lo que he hecho mal  pero sé que algo he hecho.  Ya he dicho que lo siento, ¿puedo irme ya?

—Vamos a ver Sara —volvió a la carga el padre— ¿podrías decirme de dónde sacaste el típex líquido? ¿Te lo dio alguna amiguita del colegio?

Pero en aquel momento la cabecita de Sara estaba despegando en una nave espacial justo tres milésimas de segundo antes de que el planeta de Axtron estallara en miles de fragmentos ante el torpedo alienígena que los Dracos  acababan de lanzar.

—A ver, cariño, ¿no crees que las figuritas del belén estarían mejor sin esos tapabocas blancos que has pintado? ¿Es que hasta el niño del portal y el ángel tienen el rostro con ese borrón. ¿Por qué no contestas? ¿Me oyes?

¿Alguien me oye? Capitana Sara llamando a la tierra. ¡Nos atacan! ¡¿Alguien me oye?! Respondan, por favor, aquí la capitana Sara llamando a la tierra. Mensaje urgente a  los humanos, nos atacan. Repito, los Dracos han descubierto mi posición y han eliminado el planeta Axtron.  Necesito nuevas coordenadas para el salto intergaláctico, tengo una nave Draco en la cola que está apunto de dispararme ¿Hay alguien ahí afuera que pueda oírme?

—¿Sabes que esas figuritas de barro son muy, pero que muy costosas? Fueron hechas a mano.  Las compró tu abuela cuando aún no había nacido ni tu madre. Ya no las venden igual. Sara, no dices nada ¿Me estás oyendo?

Aquí la teniente Abu, desde la estrella Sol. La oigo perfectamente  capitana Sara. Prepárese a dar el salto intergaláctico cuando oiga las nuevas coordenadas. Cambio.  

—Ahora con toda esa pintura blanca cubriéndoles la cara se ha estropeado todo. Mira, es un pequeño desastre sin solución: todas las figuras llevan esa mancha blanca a modo de mascarilla. Hasta el ángel la mula y el buey ¿Crees que eso es normal?

—¡Por fin  alguien me oye! Atención teniente Abu, Nada es normal en esta galaxia. Parece que todo se ha perdido. Los Dracos lo invaden todo. Quedo a la espera de las nuevas coordenadas. No creo que pueda aguantar mucho más tiempo con la nave Draco que tengo frente a mí a punto de dispararme.

—Oye, Mam, —dijo el padre— ¿tú crees que lo que hace la niña es normal?  A lo mejor deberíamos llevarla al sicólogo del colegio.  Es que, mírala, no muestra arrepentimiento, ni emoción alguna, ni nada.

—Yo lo que creo —respondió la madre desde los fogones— es que a las dos menos cuarto vamos a comer y la mesa no está puesta. Así que venga, ya arreglaremos eso más tarde que el arroz se va a pasar.

—Atención, capitana Sara. Aquí la teniente Abu.Las nuevas coordenadas son: dos, menos, cuarto. El planeta destino es Elarrozsevapasar .  Ya sabe lo que tiene que hacer. Confirme.

—Recibido teniente Abu. Coordenadas: dos, menos, cuarto. Destino: Elarrozsevaapasar.  Fijado rumbo y nave preparada para saltar.

—Oye, papá.

—Dime cariño.

— Lo siento, no sé lo que he hecho mal  pero sé que algo he hecho.  Ya he dicho que lo siento, ¿puedo irme ya a poner la mesa?

La vida en un sorbo

Apuraba la vida en un sorbo de agua. El agua era del mar a seis metros de profundidad y el sorbo quedaba encarcelado en una  bolsa de celofán abandonada. Sus ojos sin párpados permanecían abiertos aún destellando deseo y ganas por salir del trance. Las escamas resbalaban frenéticamente y por más que empujaba hacia delante no hacía más que acelerar la cuenta atrás de su final. Era incapaz de ver la salida desde el interior de aquella cueva transparente. De haber pensado, seguramente estaría exclamando: “¡Jodidos humanos!”

Ya varado, notando el fondo arenoso con la panza y a punto de fenecer, se produjo el milagro. Notó cómo unas pinzas carnosas sujetaban firmemente su cola y tiraban de él con fuerza hacia atrás, al tiempo que quedaba envuelto en un remolino turbulento. Luego la presión sobre la aleta caudal desapareció de golpe y puedo notar cómo la libertad volvía a sus aletas dorsales y pectorales devolviéndole la movilidad antes secuestrada. Comenzó a alejarse y aún  tuvo tiempo de reconocer la silueta esbelta de  una niña que ascendía bajo el agua extendiendo un brazo hacia la superficie y manteniendo en la otra mano una bolsa de plástico. 

—¡Papi, papi, mira he liberado a un pez!  —gritó hacia la orilla. —¡He liberado a un pez de esta bolsa, yo sola!

Como el pez tenía memoria de pez no recordó sus maldiciones recientes, “¡Jodidos humanos!”, pero en su corta vida jamás olvidó la figura emergente de aquella niña salvadora. Como la niña era aún pequeña, ese momento permanece fijado en la lista de sus recuerdos predilectos e imborrables, pudiendo ser la vivencia compartida el detonante de que diez años más tarde acabara cursando estudios en la facultad de ciencias del mar.  Como el momento fue compartido con un padre, este hecho importante pasó a ser parte de una biografía y revivido en numerosas ocasiones con motivo de las cenas estivales. 

Un día, un abuelo dijo en un chiringuito de playa: “Así proteja Neptuno a toda persona que defienda la Mar”. Una niña lo oyó. Desde entonces, nada teme. 

La hora de Nightingale.

Noviembre de 1854. Guerra de Crimea. Imperio Británico y  aliados contra las tropas del Zar Nicolás I. Estambul, distrito Üsküdar,  Hospital Militar de Scutari.

Soy una F grabada en un muro de piedra rodeada de agujeros de bala y manchas. En este infierno rasgado al que llaman hospital, los gritos y los ecos de lamentos se abrazan desesperados hasta dejar huella intérpérrita en la memoria de los hombres y las escasas mujeres, que aún viven. 

Muy cerca de mí, suele haber un camastro con un joven casaca roja de guerrera ensangrentada. Y junto a él, un mar de camas con soldados heridos que naufragan entre estertores y vanas ilusiones. El joven no tiene correo que enviar, ni nadie que le escriba, es por eso que pasa las horas rasgando la pared con la punta de su bayoneta rota, intentando escribir el nombre de su ángel preferido. Le pone empeño a su obra pues no quiere irse de este mundo dejándola a medio terminar.

Una parte de él se fue sin cloroformo esta mañana desde lo alto de una mesa de operaciones, a manos del  doctor John Hall, moldeando la herida abierta que firmó un proyectil ruso sobre su pierna. El riesgo alto y el dolor extremo al que se había habituado cinceló ese cuerpo cubierto de piel, heridas y huesos que, aún bello, había  logrado llamar la atención de Florence en sus rondas. 

Soy una F y una L grabadas por la bayoneta rota de un soldado herido, en un muro de piedra rodeada de agujeros de bala y manchas. Desde que ha llegado Florence Nothingale, el pabellón está más limpio y el aire fresco, que acaricia los rostros con una amable brisa, barre los miedos de los muchos que allí padecen. Ella y su pequeño ejército de enfermeras, que primero fueron ignoradas, ahora son indispensables. Ellas son los trazos de color vida pincelados sobre el amplio lienzo negro de esta mortaja que es la sala. Cortan, zurcen, curan, lavan, desinfectan, alimentan, emplastan, cambian la carne humana perforada de balas por un soplo de esperanza. Es otra guerra la que ellas libran codo a codo con la parca, intentando robarle los clientes preferentes para restablecer la poca dignidad humana que aún queda en este sinsentido que es la guerra. 

Y con la noche en trance llega la hora de la ronda. La ronda nocturna, donde el silencio es oro en un millón de días amargos, que son la suma de los días que llevan cada uno de los heridos postrados a la espera de volver a ver amanecer.  Su paso etéreo entre los camastros es un balón de oxígeno para las caras atormentadas de quienes esperan su llegada. A esa hora de la noche, el porte de la dama sosteniendo un candil dejando tras de sí un halo de luz en la negrura, ilumina como un faro en la tormenta. El sabor del dolor se reblandece a la espera de un instante de visita. El cambio de una venda, la mano en la frente, una mirada repleta de ternura, un sorbo de agua con el desierto en los labios,  o una voz que acaricia, es más que suficiente para que los Olvidados deseen seguir con vida.  

Soy una F, una L  y una O grabadas en un muro de piedra rodeada de agujeros de bala y manchas, por la bayoneta rota de un soldado herido. Aún no se han sentado las bases científicas de la enfermería. Pero con el andamio de los mártires, la experiencia de la señorita Nightingale y su equipo, se logrará inculcar una rama más en el árbol de la medicina. Llegarán otras guerras, algunas recientes también sin balas, pero siempre habrá rondas nocturnas que recuerden a la mujer que hizo posible que la atención y el cuidado de enfermos, además de las prácticas sanitarias se convirtiera en una disciplina científica imprescindible. A esa mujer, la llamaban también Flo.

CALLES VACÍAS #14 Silencio hiriente

 

PLAY–> Antimatter – Wish i was here

El piso de la habitación era un ceniciento pasto anegado de herrumbre en donde unas huellas asimétricas e indecisas habían dejado la firma de una presencia ignominiosa a modo de rúbrica: “yo estuve aquí, nosotros estuvimos aquí; mientras te ahogabas”  pensé  o creí recordar, las palabras habían aflorado demasiado deprisa para haberlas inventado.

Enarqué la ceja, no a modo de susceptibilidad o sorpresa ante lo que se plasmaba ante mis ojos, sino ante el silencio hiriente que no paraba de preguntarme si realmente había estado solo en la habitación o si el número de aquellas huellas correspondían a un mismo rastro o a varios. Además, era  imposible adivinar el origen o final del  rastro pues todas se hallaban junto a la cama pudiéndose adivinar un trasiego de idas y venidas de ninguna parte hasta parte alguna flanqueando los bordes de izquierda y derecha de la cama  y frente a los pies mismos, pero fuera de los senderos descritos, en el resto del suelo del dormitorio no había huella alguna. No eran huellas definidas, ni todas tenían el mismo tamaño.

Cogí el móvil para sacar unas fotos a las máculas y asegurarme que no eran producto de mi imaginación. Cuando quise enfocarlas mi propio rostro se vio reflejado en la pantalla. No recordé que últimamente hubiera hecho servicio del modo autofoto, pero me asombro que el autofoco se centrará directamente en las manchas que se enarbolaban por encima de mi cabeza. De un respingo me giré arrodillado en el colchón y un tanto sobresaltado descubrí que el rastro proseguía pared arriba dejando enmarcado todo el cabezal de la cama. Y sí, también allí, en las paredes verticales podía encontrar las formas indefinidas que encumbraban. El móvil cayó sobre el colchón  y mi vista no cejaba de pasearse de un lado a otro intentando descubrir la dirección de aquellos negros fregados que orbitaban de izquierda a derecha y de derecha a izquierda y de horizontal a vertical.

Todo estaba empapado de tonos negros. La piel, aunque seca, tiznada de grises oscuros y el resto de mobiliario parecía haberse fundido en aquellas gamas fúnebres de colores. Pensé en llamar a mi hermana, en ducharme, en huir, en pedir socorro, en buscar una explicación racional a todo lo que había venido pasando durante las últimas semanas. Pensé en romper el cerco al confinamiento, en llamar a la televisión, a la radio y al  mismísimo Vaticano. Pensé en hacer algo, pero la misma rigidez que me atrapaba me ahogaba y coartaba la iniciativa. Pensé por pensar y me di cuenta que si algo se había aferrado a mí, y a aquella casa, era algo llamado miedo,  y por experiencia sabía que de no afrontarlo nunca lo superaría, y que vivir sin miedo no llegaba a ser sobrevivir siquiera, y por eso  y porque me lo debía a mí mismo y porque no deseaba volver a conocer más psiquiatras en mi vida, decidí seguir creyendo en mí y encontrar la verdad de las respuestas a las tortuosas preguntas que se iban almacenando en mi cabeza. Y la primera de las respuestas llegó de forma luminosa como faro de llamada entre un mar rizado de sábanas negras en donde la llamada entrante de mi móvil aguardaba a que atendiera a un repartidor que estaba con un sobre llegando a las puertas de mi casa. Le anuncié que lo recibiría en un par de minutos y salté directo al armario a por una bata para cubrir las vergüenzas y toda la suciedad que arropaba mi piel.

El muchacho alargó la mano enguantada para entregar el sobre. Con la voz oculta por la mascarilla solicitó mi número de DNI a  modo de firma. Menos de un minuto y cerré la puerta sosteniendo entre las  manos un sobre con remite del laboratorio del hospital municipal. Dos días. De ser cierto lo que dijo mi hermana habrían pasado un par de días y yo habría estado naufragando de continuo en el dormitorio, sin despertar ni acordarme apenas de nada lo anterior o lo que llegara a ocurrir en aquella maldita habitación. Los dedos frenéticos rompieron la pestaña superior y unas hojas ininteligibles con datos de valores se explayaron ante mí. Al poco hablaba con ella.

—Hermanito, olvídate de los valores —decía ella— aunque te los explique uno a uno no vas a entender nada.

—Pero entonces…

—Lo que te importa a ti es el capítulo  de conclusiones y  ahí no se concreta para nada que esas muestras de  posible sangre humana sean tuyas.

—Por tanto, si no son mías…

—Si no son tuyas no son de nadie, es decir, que no se puede  concluir de manera determinante que sean de un ser humano.

—Y si no es de un humano ¿pudiera ser de un animal reconocible?

—Repito: no se puede concluir que sean de una persona humana, pero tampoco se puede descartar. La hipótesis, y quiero que sepas que lo he consultado con un colega de investigación, sería que pudiera ser de sangre humana adulterada, o modificada genéticamente a posteriori, ya sea por un laboratorio o un lugar con tecnología suficientemente avanzada.

—Lo cierto es que esa “conclusión” no ayuda mucho que se diga. Incluso puede caber la posibilidad de que, según lo que me indicas, sea cualquier producto artificial mezclado con sangre humana ¿no?

­­—Eso, hermanito, es más difícil. Para que lo entiendas, aquí no tenemos una máquina que mezcle genomas humanos y creen uno de nuevo. Como mucho ahora tenemos máquinas que leen o descifran el mapa del genoma humano. Tengo que dejarte, me esperan. Te quiero.

CALLES VACÍAS #13 Asfixia

Calles vacías #13 Definitivo

PLAY –> Sirenia_Asphyxia

Pasé el resto del día indiferente como perro perdido sin rastro al que seguir en un día de lluvia. Intentando retrasar el paso del tiempo con el ánimo de que no se cerrase el crepúsculo en su totalidad. Diluvió el  resto de las horas de vida y sentí que desde dentro cada inhalación me aplastaba un poco más que la anterior. La ansiedad había vuelto y supe reconocer que las pastillas ya no podrían sostener en sus brazos otra caída en barrena; otra insana cascada de delirios.

Cené poco y bebí algo, no demasiado. Entretanto percibía como las gotas de la tormenta se precipitaban contra los cristales con fuerza, con ganas, con odio; algo que poco a poco fue alimentando mi inquietud a estar solo, a no tener a nadie, a existir en un vacío opaco, minándome de intranquilidad y nervios.

 Intenté tropezarme con un envoltorio de falsa tranquilidad envuelto en celofán y expandí una delgada línea blanca de pastillas paralela al filo negro de la mesa. A partir de ahí sólo tenía que decidirme entre dar una breve vuelta por el blanco paraíso artificial  hasta ser expulsado o rememorar la voz tajante de Paloma en mi interior: “no lo hagas, ni se te ocurra, ni te atrevas, no, no y no…”. Recogí los platos y los puse en la fregadera. Abrí el grifo para lavar los platos y antes de que el agua se chocara contra el fondo de la pica oí dos pasos en la planta de arriba. ¿Habría vuelto Paloma? ¿Se habría colado una rata? ¿Sólo dos pasos? Me remojé la nuca y terminé de lavarlos. Estaba cansado. De nuevo me costaba respirar. Rebusqué de entre los cajones y di con una bolsa de papel arrugada que me guardé en el pantalón; tarde o temprano sabía que tendría que utilizarla.

Agudicé el oído para escuchar la casa. El silencio se extendía sepulcralmente y ahora sólo retumbaba en mis oídos el eco de las manecillas del reloj de la pared del comedor. Recordé a Quevedo, “Una hiere, la otra mata” y a la imagen de las agujas avanzando sobre la esfera del reloj. Hora y minuto ¿Cuál de las dos me marcaría el fin? Al pasar  junto a la mesa cogí el doble de la dosis recomendada con el ánimo de pasar una noche rápida; dormir y renacer. Me quedé mirando la puerta de la calle a la espera de oír sus golpes. Pero lo único que había ahí afuera eran las calles vacía y la lluvia descargando. “¡¿Hoy no llamáis porque no queréis mojaros?!” pregunte enojado con el puño en  alto.

Trabajosamente subí las escaleras. Al llegar al final del tramo de la primera planta me ahogaba. Extraje la bolsa de papel del pantalón y comencé  a inhalar dentro de ella hasta lograr normalizar la respiración y bajar el ajetreo desbocado de mis pulsaciones. Apenas me retiré la bolsa de la cara que mis ojos se abrieron de par en par al ver, al final del pasillo,  la luz que asomaba por debajo de la puerta del dormitorio. El corazón me dio un vuelco. Ella siempre se desvestía con la puerta cerrada para ir a dormir. Yo había escuchado dos pasos. “¿Paloma?”,  pregunté contumaz con la idea de que hubiera vuelto, pero el sonido de la lluvia acompañada por el atronador tic tac del reloj fue la única respuesta. Una hiere, la otra mata. Tiré la bolsa de papel al suelo y enfilé mis pasos hacia el dormitorio.

Entré. Todo estaba en orden. Sólo la luz de  la lamparilla caída sobre el suelo a causa de los eventos de la otra noche. Pero recordé que bombilla se había roto y  sin embargo allí había una nueva, iluminando la oscuridad. Yo no tenía recambios. Yo no había salido a   comprar ninguna. Yo sabía que los negocios del barrio estaban cerrados a cal y canto por el estado de emergencia. Yo no quería hacerme más preguntas, ni tener más verdades universales  por respuestas.

Me desvestí y entré en la noche. Me acosté, cerré la luz, volví a tomar tres pastillas más e intenté dormir pensando en que si pasaba aquella noche, sólo me quedaría pasar una más hasta recibir el resultado de los análisis. Mi corazón comenzó a ralentizar su ritmo. Mi respiración hizo lo mismo. Poco a poco me fui abandonando a la idea de dormir, creyendo entrar en una catarsis que me conduciría hasta un leve remanso de paz. Pero no hay paz para las almas inquietas, ni descanso para el no vivo.

Volví a oír pasos, y esta vez al frente de los pies de mi cama. Fue entonces cuando de golpe volvió la asfixia, el sonido ininterrumpido del chapoteo al caer el agua y una sensación de humedad que iba recubriendo todo mi cuerpo, adhiriéndose apelmazadamente a cada rincón de mi carne, en cada arruga de mi piel, con un peso letal que cada vez ahondaba  más y más mis huesos en el colchón. La inmersión en la sensación de ahogo aumentaba y mi boca abierta era incapaz de lanzar un grito de protesta o ayuda, pues continuamente no dejaba de entrar agua por mi garganta, boca y orificios de la nariz. Tosía, escupía, me ahogaba y el aire apenas llegaba a inflar lo justo para que el tórax se expandiera al tomar un soplo de aire. Intenté incorporarme pero un peso pétreo sobre los brazos extendidos impedía que pudiera retirar la losa de mantas que me cubrían.

Me ahogaba y el techo de la habitación descendía a empujones paulatinos sobre el cuerpo tendido,  lloviendo sin parar de manar agua de lluvia sucia y negra, como la tormenta que caía sobre las calles vacías de una ciudad  sin paraguas que dormía un sueño a la deriva el cual podría llegar a ser eterno.

CALLES VACÍAS #12 Miedo Inoculado

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PLAY >  Tool Fear Inoculum

Me gusta pisar las baldosas de la casa sin tocar la raya porque según mis posibilidades salto del cuadro blanco al negro en este tablero de ajedrez que es la vida. Vista las opciones varias a elegir antes de que llegaran los resultados del análisis, sólo podía hacer una cosa: el enroque, o lo que es lo mismo en el juego de ajedrez, hacer un movimiento de defensa en donde el rey y la torre del mismo bando cambian su posición simultáneamente; en donde la torre es la casa y  el rey soy yo. Elemento A y elemento B.

Si el sobre se entregó sobre las 20:30 y la persona de investigación  no llegaría hasta las 09:00 horas al laboratorio de la planta 2, y a partir de entonces tardarían dos días en dar los resultados a mi hermana, eso significaba que aún debía lidiar con dos noches más. Y eso era sinónimo de estar enrocado, pero ya no en un tablero de ajedrez, sino como un anzuelo o  ancla trabada en el fondo del mar; en donde el anzuelo soy yo y  las rocas del fondo del mar son la casa. Elemento A es como B a la espera de las mareas de la vida.

Es en la espera asfixiante de minutos donde uno lo pasa realmente mal, pues genera un estado  de expectativas  y tensión sin motivo aparente, dado que el resultado de la espera no depende del esperador o esperadora,  ni  de las ilusorias esperanzas de respuesta que uno o  una piensen que les pueda llegar. Una vez llegada la respuesta ya todo lo que se desencadena a continuación es inevitable. Pasa lo que tenga que pasar, guste  o no.

En ese anzuelo que es el momento del ahora hay una afilada punta que azuza y taladra la mente que hace que deambule por el espacio permisible de la casa. Siembro cavilaciones por las estancias intentando distraer a la obsesión por el tiempo y  al final acabo en el jardín. Con su hierba verde crecida por las lluvias y su trozo de tierra yerma desde que murió la paloma. Un trozo de tierra que cada vez se va extendiendo más y más, y que parece ir devorando todas las lindes verdes que lo cercan. Ahora que ya me he acostumbrado a verlo no me inquieta tanto. Está ahí. Me recuerda a la paloma muerta, a Paloma, a una presencia ajena que se ha ido apoderando de los espacios vacíos del hogar y que ahora me toca compartir con ella, con su recuerdo. Bien pensado podría convivir con una presencia manifestada, con una señal, con un desafío, con una oquedad, con una negrura profunda y con un abismo. Con quien no podría convivir sería con la presencia de  Daniel. Al final sólo podría quedar uno de los dos en la casa.

De golpe he oído caer del cielo un estruendo. Detrás de mí algo se ha estrellado contra el suelo del cenador del jardín. El aire se ha detenido. Por encima de mi cabeza han  sobrevolado sombras de pájaros. El bulto no es grande, me acerco. Sí, es lo que parece. Un ave ha sido expulsada del paraíso. Saco mi móvil y le saco una foto. Es otra paloma.

Regreso dentro de la casa y bebo agua. Susto e inquietud. Recupero el pulso y escribo: La primera paloma vino a morir plácidamente en el jardín durante horas bajo la fría lluvia. La segunda paloma ha muerto de golpe, arrebatándose la vida de un plumazo. Las casualidades no existen. No sé a dónde fue Paloma.

Por un momento volví a sentirme anzuelo enrocado atado  a un hilo el que están tirando con fuerza para sacarlo de la roca. ¿Y si realmente alguien o algo estuviera tirando de mí para sacarme de aquí? ¿A quién o qué encontraría al otro extremo del carrete?

Exhalo miedo y  sombras.

 

De frágiles y fuertes

PLAY–> Aleah_Breathe

Llegó así, sin más, a esta Ciudad Pecado, mosaico de países,  convertida en el paraíso de los infiernos artificiales,  enclaustrándonos con nosotros mismos y el poco más allá de la frontera de nuestra piel. (Con)viviendo con los nuestros, con los coincidentes-reincidentes de los lugares públicos  y con la sombra de una misma que se alargaba  como el extraño invitado al que no se le esperaba y que se movía por los veinte y un metros cuadrados de la sala, entre la insana realidad virtual del “like” y el marco de esperanzas que encuadraba la imaginación.

Y reinó el rey  Coranavirus de manera que desde entonces se habló de los tiempos de “antes del Covid19” y los recientes. Y Eva lo sabía.

La guardia se estaba haciendo pesada. Miró el reloj y vio que daban las 4:00 h. Aún faltaban cuatro horas para que terminara su turno. Como había doblado guardia le pidió a Adam que la relevara en el rellenado de los blíster monodosis para los pacientes de la cuarta. Necesitaba tomar aire fresco, desconectar de los agobios mundanos y encontrar un trozo de remanso de paz a tanto nervio interno suelto: el ERTE de su hermano Saúl, los padres mayores solos, su niña desatendida, el proyecto de pareja en situación de llamada en espera…  ¡Joder, muchas cosas! Quizá demasiadas en el saco.

Enfiló el pasillo y entró en vestuarios. Frente a la taquilla abierta se quitó, con el cuidado que una reina se quita la corona al final de día, la pantalla protectora de la cabeza. La misma que le había regalado Vicente,  un vecino de la zona que las fabricaba con su propia impresora 3D.   Se extrajo los guantes de látex que le regaló  Rashid  al finalizar la guardia anterior, porque ella con las prisas se dejó la caja, la que le había reservado Susana la del súper encima de la mesa de la cocina. Cogió el almuerzo. Palpándose los bolsillos se aseguró de llevar el móvil, los auriculares y las llaves. Salió de nuevo al pasillo dirección a los aseos y se encerró en él. Necesitaba estar sola. Se ahogaba en ese mar de individualidades cercanas.

 Agobiada, de un gesto brusco se descolgó la mascarilla de las orejas y se  la puso en la vertical de su cabeza. Cerró los ojos y sonrió de imaginarse la pinta que tendría vista desde arriba con la mascarilla de filtro como un sombrero y sentada en el trono blanco del lavabo con las piernas cruzadas y el bocata en su regazo a modo de cetro. Reírse de una misma podía ser una de las mejores medicinas. Olía a limpio, a lejía de pino. No haría demasiado que Carmen y su cuadrilla habrían pasado por allí limpiando y desinfectándolo todo. Carmen… su brusco marido… la cuadrilla… sin papeles…el transportista con contrato por horas que conducía el furgón…

Tenía hambre y diez minutos de momento privado para ella. Retiró  el papel de aluminio, cogió la servilleta, miró el torpe dibujo de colores y leyó: “Mamá te he preparado el bocata  y la fruta que te gusta. Besos, besos, besos y aplausos  desde el balcón ¡Muacksss!”. El pan se había hecho chicle pero la mortadela de oliva era reconocible. Encendió el móvil, conectó los cascos, se puso su canción preferida y salió al mundo a  dar una vuelta.

A leer a golpe de ojo a los poetas digitales que enviaban sus versos encerrados en pantallas de cristal, como hicieron en su día los náufragos con sus cartas en botellas desde las islas aisladas. A pasear por los barrios llenos de grafitis  más populares. A ver los vídeos cortos de paisajes nevados. A descender a vista de águila por las cumbres inalcanzables. A sumergirse en un río. A bucear entre ballenas y  delfines. A ver la cara a la luna entre las nubes. Y a anotar en su memoria otra cosa más en la lista que iba completando de “cosas que hacer cuando volvamos”. El tiempo voló. Terminó el bocata y mordió la manzana.

Al salir por los pasillos su imaginación  le dibujó  los rostros de Adam, de Saúl, de sus padres, de su hija, de Vicente, Rashid, Carmen, los poetas, las ballenas, los delfines y la luna.  Todas y todos tan frágiles y tan fuertes. La  música preferida danzaba aún dentro de su cabeza cuando una lluvia de endorfinas la empapó por un intenso instante. Ahora sí, sólo le quedaban cuatro horas por delante. Y con la sonrisa oculta por la máscara cogió aire para comerse al resto de la noche.

 

 

CALLES VACÍAS #11 Sur l’autre rive je t’attendrai

Calles vacías #11 definit

Cary Grace, Letterbox

Pulsé de nuevo el pause y anoté las últimas palabras que recordé: “…la medicación”. De nuevo volví a darle al play de la grabación para ir anotando despacio todo cuanto había dicho en la conversación telefónica.

—¿Entonces no crees que fuese una ave?

—No te digo que no lo fuera, te digo que es harto improbable que se te cuele un ave de esas dimensiones y que no te dieras cuenta en todo el día.

—Pero tú me crees ¿no?

—Creo que algo se te coló, pero que no necesariamente fuera un ave. Sobre todo teniendo en cuenta que  el único rastro que tienes son manchas de sangre en la pared y que no te ha quedado, pese a los golpes, ni una sola pluma en la habitación.

—¡Joder, no me estás ayudando en nada!¿Sabes?

—Vaya hermanito, pensé que habías llamado para ver cómo estaba, saludarnos y todo eso…

—Sí, sí y en el fondo así es, pero es que ayer ocurrió eso y la verdad…

—Eso, patatas con queso. Mira la verdad es que estoy terminando mi tiempo de almuerzo y voy a tener que dejarte…

—Espera, por favor, no cuelgues. Tú que estás ahí, en laboratorios, ¿podría hacerte llegar una muestra de sangre de la pared y decirme de qué animal se trata?

—¡Osti tú! Aquí afuera, ahora mismo, está muriendo gente ¿y tú te preocupas de un posible pájaro o de un ente que no es real?

—Pero es que tú, con tus contactos en el laboratorio, podrías hacerlo en menos de un día y tener algún dato concluyente ¿no?

—¿Qué parte de lo que significa estado de alarma no comprendes?

—Por favor, ayúdame. No te cuesta…

—Escucha, sí que me cuesta. Me cuesta jugarme el puesto ¿entiendes? Además ni me apetece, ni le veo urgencia alguna.

—Pero si no saldría de casa. Hasta te podría hacer llegar la muestra con un mensajero en bici, de esos que tanto te gustan porque no contaminan…

—Creo que voy a tener que colgar ya…

—Por favor, por favor, no cuelgues, hace días que no duermo y la medicación no está aún compensada, me la iban a cambiar cuando ocurrió toda la movida esta del confinamiento y…

—¿Me estás diciendo ahora que no te estás tomando la medicación? Pero si antes dijiste que…

—Sí eso era antes. Antes de la catástrofe me la estaba tomando pero entonces me la retiraron y como no he podido volver…

—¿No habrás vuelto a las andadas, no?

—Te juro que no es que me imagine cosas. Las cosas que pasan, oigo y  veo, son reales.

—¿Cosas? ¿Oyes? ¿Ves? Exactamente, ¿de qué  estamos hablando?

—De que ha regresado un muñeco de plastilina de mi infancia, hay un cerco yermo en el césped en el lugar donde fue a morir una paloma en el jardín, por las noches golpean la puerta de la calle queriendo entrar en ella, a veces las  estancias se llenan de humo, percibo olores desagradables, oigo voces, entró un animal anoche que…¡Joder tía, si no me crees ven a verme, tú tienes certificado de  movilidad, yo no!

Ella lanzó  un suspiro largo, intenso con ganas de descomprimir toda la tensión con la que se habían cargado las últimas palabras. El mutis me dejó claro que me había estado escuchando con atención, con cariño, con preocupación tal vez. De nuevo volvió a coger aire. Ahora, al tomarlo intensamente por la nariz, llegué a percibir un ruido similar al de los mocos contenidos. Había estado llorando mientras le hablaba.

—Mira hermanito, haremos una cosa, primero quiero que te calmes. Luego cuando acabe mi turno a las ocho me envías un trozo de pared con sangre a la dirección  del hospital, indicando laboratorio segunda planta. Pon en el sobre  que vaya a mi atención y que lo dejen en recepción. Yo misma bajaré a buscarlo. Creo que podré decirte algo antes de dos días, si es que no se complica el panorama.

—Gracias, gracias de corazón. Eres un sol, hermana. Te quiero.

—Oye, ahórrate todo el rollito emocional, que ya sé para qué me has llamado. Escucha, la devolución de los resultados te la haré llegar por la misma empresa de mensajería que me envíes. Les diré que antes de que te lo entreguen que te llamen a tu móvil, así sabrá que son ellos y podrás abrir sin problemas.

—Gracias, no sabes cuánto significa para mí esto. Creo que de seguir sin respuestas me volveré loco.

­­—¿Otra vez?

 

CALLES VACÍAS #10 Pasado el jardín de la medianoche

Calles vacías #10

ALCEST – Protection

La gramática sistémica de las brujas no admite respuestas ambivalentes. Se está dentro o no se está. Es probable o  es cierto, pero nunca es improbable.

Desplacé la cama situándola en medio del dormitorio. Allá más retirado quedó el cabezal fijo clavado en la pared. Junté toda la sal que pude y tracé un círculo a su alrededor. Creí dormir.

En la oscuridad de la habitación oí un corto revolotear de alas. Luego silencio. Al pronto, se volvía a oír  de izquierda a derecha. De nuevo quietud. Otra vez se oyó de la parte derecha al fondo de mis pies para luego parar en pura inacción colgada de un hilo, en donde presentía que me estaba observando. Si algo volaba podría ser un ave, pero  también tenía la certeza que no podía ser un murciélago. Las alas se agitaron de nuevo. Un graznido enorme atronó en la lobreguez. Quise hundirme en la cama. Volvió el batir de alas  sobrepasando el largo de mi cuerpo y entonces un crujido vino a anunciar que aquello se había estampado contra la pared, justo encima del cabezal de la cama. Otra vez la agitación de alas sobrevolando de un lado a otro y entonces se  inició una danza de golpetazos contra el armario y  las paredes. Revoloteos e impactos y sólo de vez en cuando un ansioso arrullo musitado o un graznido colérico y agitado.

Cayó la  lamparilla de noche. Noté que sus uñas pasaron a ras de cara porque aunque la tenía cubierta con la sábana y el espanto, me  percaté de la duricia de sus patas al rozar la tela.

Una parte de mí me decía que estaba a salvo dentro del círculo de sal. Otra parte de mí me mantenía aterrorizado suplicando que el mal bicho se fuera. Un resquicio de lo que quedaba por racional me decía que sería un pájaro que se coló en la casa y que querría salir. Pero los espantosos golpes frenéticos que se daban y oían no daban tiempo a escuchar la parte racional.

No había canto, ni graznido rítmico que recordara a un cuervo, solo ruido colérico de golpes y un extraño grito que bien pareciera que viniese de otro mundo. Era ridículo esperar a que ocurriera lo inevitable dentro de la lógica, que era que el mal bicho a base de golpetazos quedara herido de muerte o cada vez fuera con menor intensidad, pues a diferencia de la lógica los choques e impactos cada vez sonaban más enérgicos y arrebatadores.

Alargué la mano y a tientas alcancé el cable del interruptor y encendí la lámpara, pero ninguna luz vino a tranquilizarme. Seguramente en alguno de los golpes se rompería la bombilla. Si lograba alcanzar la correa de la persiana, pensé, quizá con la poca luz de la calle que pudiera entrar abriría la ventana y haría que el animal saliera volando a la vista de las luces de la ciudad. Sí, esa era una buena propuesta. Dejar abierta una  opción de salida. Debía intentarlo. Me repetía una  y otra vez que era la mejor idea que me había venido a visitar en mucho tiempo, que la distancia hasta  la ventana no era excesiva, que con seguridad todo iba a salir bien; o no. Me envalentoné y decidí abandonar la cama.

Me sorprendió que mis pies descalzos no tocaran el suelo. Fui hacia el otro extremo de la cama a probar suerte y lo mismo. No había explicación posible. Si había alcanzado el cable de la mesita de noche que coloqué cerca de la cama ¿por qué no podía alcanzar el suelo con mis pies en la negrura espesa del dormitorio? Mi corazón se aceleraba.  Sabía que me estaban observando. ¿El pájaro herido? ¿La bestia rabiosa?

Volví a alcanzar el cable de la luz. No sé por qué pero me daba cierta seguridad dentro de aquella locura desatada. La palma de mis manos tocó el sobre de la mesita y poco a poco me iba haciendo una  composición de cómo debía estar en el lugar. Alargué la yema de mis dedos intentado alcanzar el tronco de la lamparita de noche y justo antes de llegar al final del cable mi dedos rozaron unas plumas. Quedé petrificado de miedo. Noté como una bola emplumada tomaba  aire y de entre el plumaje emanaba algo viscoso, resbaladizo y caliente.

Había establecido contacto con el animal. Debía ser un ave de grandes dimensiones. La idea de pasar la noche con el bicho no me agradaba en absoluto. Volví a intentar poner los pies en el suelo pero la planta de los pies no me devolvía el tacto. Mi cerebro me lo traducía con un “la cama está elevada”.

No soportaba la idea de amanecer con los ojos picoteados por un ave rabiosa. Fui a por todas y salté. El animal volvió a moverse de un lado para otro, revoloteando con fuerza y tropezando con mi espalda, puerta y techo. Aquello resultaba horroroso. Por una lado escondía mi cabeza entre los codos y por otro quería llegar al otro extremo hasta la alcanzar la ventana. Corrí a lo loco y me di de bruces contra la pared y al tiento alcancé la cinta de la persiana y la subí de un tirón. Abrí violentamente la ventana de par en par y noté cómo una presencia negra me atravesó de espalda a pecho hasta salir proyectada al espacio abierto que da al jardín.

Estuve tan muerto de miedo que quedé un buen rato agarrado al alféizar de la ventana. Permanecí un buen rato clavando las uñas en el mármol hasta sangrarlas. Quería notar que estaba en el mundo real y no abandonarlo.  La poca luz que entraba me daba la vista de mis brazos arañados. Un hilillo caliente que me bajaba tras la oreja y se deslizaba por el cuello me hizo entender que sangraba. El escozor de los brazos no era agradable. De golpe me faltó el oxígeno. Por más que intentaba llenar mis  pulmones de aire  era incapaz de llenarlos y unas inhalaciones  cortas, rítmicas y aceleradas acentuaban me sensación de ahogo perpetuo. Un ataque de ansiedad. Estuve largo rato allí, con las manos aferradas al mármol de la realidad y ahogándome en la más amarga angustia. Tan pronto pude, tras un ataque de tos, los ahogos y un súbito vómito de hiel regurgitado, cerré de un portazo la ventana y regresé a la cama.

Pese a que ahora la habitación estaba iluminada no quise ver nada más. Me arrebujé entre las mantas tiritando de frío y me autoconvencí de que ya había pasado todo, que ya se había ido, que aquel pájaro, o aquello, había salido huyendo por la ventana.

En el fondo, en lo más hondo de mi pensamiento racional, como persona humana que lo era, a la vez que me daba cuenta de las cosas que estaban pasando,  me torturaba la idea de que aquello no había hecho más que empezar. Quise dormirme y no despertar más.

Pronto amanecería.